Mauritania 4/5, Nouakchott a Gogui

Una vez que salimos de Nouakchott circulamos durante todo el día hacia el interior del continente por la Ruta Nacional 3. En Aiún el Atrús doblaremos hacia el sur hasta Gogui, el paso fronterizo con Mali.

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Recorrido de Nouakchott a Gogui

Ruta 3

Atrás quedó la Ruta Nacional 2 que nos llevó desde Nouadhibou a Nouakchott. Estaba en mejores condiciones que la actual, su paisaje era chato y el camino una línea recta interminable. Además no había casi gente. En esta nueva ruta que emprendemos emergen algunos pueblos de coloridas casas entre las dunas, curvas y algo de vegetación. Cerca del atardecer la arena se torna rosada y combinada con los colores de las casas parece una pintura. Una imagen hermosa que contrasta con los animales muertos atropellados al costado de la ruta, los coches desmembrados y la enorme cantidad de basura (no hay contenedores) desparramada que sirve de alimento a cabras y camellos. Otros poblados se ven casi vacíos.

Terreno para estacionar y dormir hay de sobra pero para no quedarnos solos en medio de la carretera por la noche preferimos hacerlo en algún lugar habitado y con el visto bueno de la gente. De paso, conversamos un poco. Paramos en un primer pueblo y hablamos con un muchacho a ver si podemos estacionar por allí. Ya no hay francés ni idioma que sirva. Todo es gestual. Junto las palmas de mis manos, las pongo a la altura de mi hombro derecho e inclino la cabeza hacia ese costado apoyándola sobre las manos: el objetivo es preguntar si podemos estacionar y dormir ahí. No sé si nos entendemos. El chico dice “no, no…”, así que seguimos.

paisaje mauritania pablocaminante - Mauritania 4/5, Nouakchott a Gogui

En el siguiente pueblo nos estacionamos bajo un árbol sin preguntar a nadie. La noche cae, ya no hay opciones. Los niños se agrupan y nos miran desde lejos. Se acercan muy lentamente. Al saludarlos salen corriendo despavoridos. Vienen dos o tres hombres adultos. Nos dicen que podemos dormir allí. Uno dice: «Vous êtes chez vous», o sea “están en su casa”.

Los niños tienen una curiosidad enorme. Vienen despacio y se van corriendo cuando les miramos o hacemos bromas. Los adultos les piden de no molestarnos. Al rato llegan unos jóvenes de unos 13-14 años. Nos estrechan la mano y luego se tocan el corazón. Otra vez se siente una buena vibra tremenda.

Haciendo las compras

Los muchachitos me acompañan hasta un comercio que había visto al borde de la carretera para ver si consigo algo de carne para nuestro guiso de lentejas. No era estrictamente necesario, me encapriché. Entro y me parece que no soy muy bienvenido. El comerciante con barba y turbante parece sorprendido de mi presencia. Apenas nos entendemos. Un anciano está acostado en el suelo en una salita contigua y no logro verle bien. Dice algo y me da la sensación que no es algo lindo. Hay un momento incómodo. Los chicos le piden que me venda algo de carne. El comerciante dice que no hay. El lugar no tiene casi nada y pienso que comprando ahí quizás hasta les quito su propia comida. Los chicos lo incentivan a que me venda y a mí a que compre. Me da unas patas de pollo casi sin carne. Se las estoy a punto de aceptar porque ya me da vergüenza negarme pero la verdad que es puro hueso. Los chicos «me salvan». Le dicen al tipo que me venda «algo bien». Finalmente me da otra cosa un poco mejor. Pago. El comerciante parece que me odia, yo me dejo llevar por los chicos. Estoy avergonzado. Salimos y me dicen que me quería vender cualquier cosa. Sinceramente estoy algo sorprendido de que se hayan puesto de mi lado. Les digo que sentí vergüenza e incluso no sé si hice bien en comprar. Me dicen que no pasa nada. Les agradezco su ayuda.

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Noche en pueblo de Mauritania

Mientras cenábamos vuelven los chicos. Nos muestran algunos videoclips que les gustan y hablan de sus deseos de irse a Francia y ser “ricos”. Nos muestran fotos de otros colegas mayores que ellos que se fueron y tienen relojes y ropa de marca. ¿Cómo explicarles, desde mi posición blanco/occidental que eso no es lo importante en la vida?

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La carretera cruza rutinariamente los pueblos construidos a sus costados. Carretera, puesto de control militar, atravesar el pueblo a baja velocidad, puesto de control militar, carretera.

«Nosotros no trabajamos»

La tercer noche ya hemos virado al sur después de Aiún el Atrús. Unas casas con forma de Jaima se aprecian a un costado del camino, entre árboles dispersos. Nos adentramos esquivando animales y a lo lejos, en el bebedero, vemos a dos hombres. El más viejo resulta ser el jefe del pueblo y nos deja la casa de su hijo para dormir, el cual no vive allí permanentemente.

La casa Jaima no tiene paredes y se agradece por el calor que hace. De donde sopla el viento se cuelga una lona. Nos dan leche fresca. Luego pasan otros hijos con los cuales hablamos y nos acomodan el lugar para dormir. Cocinamos algo en la Jaima y cenamos. Cuando les preguntamos de que trabajaban se sonríen y nos dicen: «nosotros no trabajamos». Nos dicen que se dedican a guiar los animales a los lugares para comer y luego ir a buscarlos. Cuando están listos los venden. En otras palabras, pastoreo. «Pero no es que tengamos que trabajar», nos dicen bromeando. Para mí es un trabajo como cualquier otro que implica estar pendiente de la mañana a la noche, hay una obligación. En fin, diferentes puntos de vista. En esa parada aprovechamos para reparar un poco el caño de escape que estaba agujereado. Al día siguiente, después de un buen amanecer, nos despedimos y volvemos a la carretera.

Seguimos hacia el sur. En un control militar nos encontramos con uno nada simpático. Nos intenta atemorizar y casi que no nos quiere dejar pasar. Dice que no podemos ir durmiendo por ahí y que en el próximo pueblo, en Kobenni, durmamos en un albergue que obviamente él decide. Le seguimos el juego. Llama al albergue y dice que vamos para allá. Nos da también su número de teléfono. Nos pide medicinas y/o bolígrafos. Como ya comenté en MARRUECOS 3, existe una tradición establecida de que el europeo o blanco deje algo en los puestos de control o lugar por donde pase. Los bolígrafos son muy apreciados. Teníamos algunas Bic, y en este caso, valió la pena dejar algunos para destrabar la situación.

Cuando llegamos al albergue nos dicen un precio exorbitante. Ya nos imaginábamos que sería así. No hay buena vibra para nada, son como cuatro tipos que nos miran mal. Nosotros además queremos seguir unos kilómetros más antes de descansar. Concordamos con el dile que mejor irnos de ahí. Al rato nos llama el militar y nos regaña por no haber parado en el albergue y unas cuantas cosas más.

Ya queda muy poco para llegar a Gogui y por ende, pasar a Mali. El viaje se disfruta pero también hay ansiedad por atravesar la frontera, de pasar a la siguiente etapa. Eso al menos nos dará la sensación que avanzamos. Hace días que circulamos por dentro del cinturón del Sahel, esa zona intermedia entre desierto y sabana. Sin embargo ahora que vamos hacia el sur dejaremos esa zona atrás para meternos en la sabana. El paisaje va cambiando aún muy lentamente. Los camiones son aprovechados al máximo.

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