Marruecos 3/3

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En este post se cuenta el cruce de frontera de No Man’s Land, Tierra de Nadie, desde Marruecos hasta Mauritania. La presentación de esta zona no es muy optimista: unos 5 kilómetros de planeta sin gobierno entre los dos países, en pleno desierto, con minas olvidadas de la guerra, autos abandonados por doquier y hombres que se acercan para brindar alguna ayuda con los trámites a cambio de dinero.

La misma experiencia puede ser vivida distinta según la persona. En parte, depende de uno, de cómo afronta las situaciones, que la experiencia sea más bien positiva o estresante.

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Saliendo de Marruecos… o de la República Saharaui

Venimos atravesando Marruecos desde hace una semana tal como se cuenta en MARRUECOS 1/2 y MARRUECOS 2/2.

Llegamos al puesto fronterizo. La ruta se corta una barra de peaje con dos construcciones tipo bloque de habitaciones (o salones) al borde de la misma. Un poco antes de esto, hay un albergue. Estamos en la zona de Guerguerat. Los vehículos y camiones son pocos. A nuestro turno paramos frente a la barra. Dos policías. El más viejo hace de malo y el joven de bueno. Primero debemos ir a hacer sellar nuestros pasaportes a una ventanilla a unos metros. Como la puerta de acompañante de Luma se rompió y cuesta trancarla primero fue uno y después el otro. Tras sellar los pasaportes los policías nos preguntan en tono de advertencia si llevamos alcohol. «Claro que no». Empiezan a revisar. Nos preguntan y les contamos el motivo de nuestro viaje. El joven mira con agrado la cámara Gopro que llevamos pegada al parabrisas del lado de adentro de la camioneta. Confirma que está apagada. Todo bien. De pronto, no sé bien quién dijo qué y al policía viejo y antipático se le dio por revisar el vehículo de nuevo y ésta vez a fondo. Finalmente todo bien.

Una cuerda atada al retrovisor y sostiene la
parte superior de la puerta que se estaba quebrando.

Nos levantan la barrera y pasamos. Hay un portón dónde termina definitivamente el recinto fronterizo. Con la vista fija nos dirigimos hacia él. A un lado no vimos que había un cartel de «Halto Police» que significa «Detenerse». Nos empiezan a gritar de todo. Paramos. Un policía nos increpa y le decimos que no lo vimos. Otra revisada de pasaportes y papeles.

Agrupados en el portón algunas personas alzan la mano con billetes ofreciéndote moneda mauritana, la Ougiya. Ya en el portón un último policía revisa los papeles y en ese momento aparece un chicoque nos ofrece ayuda con la documentación para entrar en Mauritania. Le decimos que «no gracias». Insiste, después se va.

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Momento No Man’s Land

Ni bien salimos de la última área controlada por el ejército marroquí se extiende frente a nuestros ojos una ruta de pavimento en mal estado y recta que llega hasta una duna. Allí el camino se vuelve de piedras y serpentea por un costado de esa arena acumulada. Luma, nuestro coche, avanza.

En los últimos kilómetros de Marruecos nos estábamos quedando sin gasolina. Teníamos reservas en unos bidones. Las ansias de llegar temprano a la frontera y el tener tiempo para cruzar de una vez por todas (no sabíamos cuánto demoraría) hizo que desistiéramos de recargar antes. Después de haber hecho trecho en No Man’s Land vemos que estamos bastante al límite de la reserva. La tierra de nadie parece tranquila. Paramos a echar gasolina.

El dile recarga combustible y yo aprovecho para orinar. Se acerca un auto desde dónde veníamos. Cuando está cerca vemos que adentro está el chico que recién nos ofreció ayuda y otro, más grande y más enojado, viene conduciendo. Paran adelante nuestro. Nosotros ya estamos cerrando las puertas de Luma y arrancando. El chico se baja con un bolso en la mano gritando en mal tono: «les dije que los acompañaba». Por si acaso nos fuimos enseguida. Ellos se suben a su auto ¡y nos empiezan a seguir! La salsa picante está servida. Sin mirar para atrás avanzamos. «Ahora nos metemos en la arena y ya no nos pueden seguir«. En efecto, al costear esa duna, ya desaparecieron.

Después de la duna, seguimos el rastro de los camiones. En otra dunita a la derecha hay una camioneta de la ONU estacionada. Nos cruzamos un veterano experto de la ruta. La cara curtida con hondos zurcos y la piel pegada al hueso. Ojos negros y hundidos. Nos saludamos y nos dijo de seguir el rastro de los coches como veniámos haciendo.

El resto del camino avanzamos prácticamente en soledad entre autos abandonados y restos de todo tipo.

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Acceso a Mauritania

En la entrada de Mauritania nos recibe un grupo mezclado de militares y civiles que nos indican de detenernos. El militar nos pregunta si trajimos regalos. ¿Regalos?, – Sí, regalos, para los niños. – No no trajimos… – ¿Ni siquiera un saco de dormir para mí? – Y no… tampoco.

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Choque de estereotipos

Nos hacen pasar a una oficina donde un militar nos sella el pasaporte. El «dile» llega un poco antes que yo y veo que es bien recibido. El pasaporte uruguayo causa simpatía en el agente. Cuando llego le doy mi pasaporte español y me pregunta – ¿estás cansado? – La verdad es que no pero no sé por qué le digo: «Algo». Quizás por no contradecirlo, o porque me pareció que después de atravesar el desierto él espera que le responda que sí, no sé por qué razón contesto eso, confieso que hablé por hablar. Él me responde: –Los europeos siempre están cansados, viven mejor pero están disconformes. Así tal cual me dice. Me siento juzgado injustamente por su generalización aunque sé que su comentario no es personal hacia mí. Incluso lo que me dice tiene su cuota de verdad y pasa en todos lados del mundo. ¡Yo también soy uruguayo! Mirá acá dice dónde nací y viví- le digo señalando el pasaporte. El militar me lo devuelve sin mirar lo que le digo, y bueh.

Ese fue el primer momento de varios dónde noto la «importancia de la palabra dicha», o sea a de lo que uno dice, al menos esta parte del mundo o lo que conocí de ella (Mauritania y Mali). Lo que uno dice debe ser cierto ya que se toma en serio. No hay lugar a falsas promesas para sacarse de encima alguien, frases hechas, o decir una mentira aunque sea a medias. Se nota enseguida y, si alguien quiere, te ataca por ahí. Ese «diálogo» también me hizo pensar sobre lo disconforme/agradecido que soy con la vida en general.

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Una de cal y otra de arena

Pasamos a otra oficina que con toda amabilidad nos hacen la visa que nos durará un mes. Nos sacamos la foto carné ahí mismo. Da gracia ver computadoras funcionar en el medio del desierto literalmente. Charlamos entre risas con los encargados del asunto. El fútbol y sus jugadores, para un uruguayo, gran tema de conversación que te abre puertas dónde sea.

Volvemos a dónde está Luma. Control de equipaje y vehículo con perro simpático incluido. Después otro control, y otro. Tres en total. Nos indican vagamente otra oficina para sacarle el seguro a Luma. Mientras vamos hacia allí un tipo nos ofrece hacernos el papeleo. Nos negamos pero igual se queda con nosotros.

Una habitación casi a oscuras, como las demás. En este lugar no da para abrir mucho la ventana para que entre «el solcito». Un escritorio y un papel-contrato que te da alguien que no tiene identificación de nada. Se supone que estamos en la oficina de la empresa del seguro pero no hay ni un cartel. Bueno, es lo que toca. El hombre nos hace firmar, le pagamos y nos da un recibo. Seguimos acompañados del que nos ofreció ayuda.

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Mauritania

Ya después de eso, nos metemos de lleno en Mauritania y se respira algo distinto. Arena fina en el suelo, en el viento, en todos lados. Pueblos pastores: cabras y personas con turbantes y cuerpos tapados. Imprescindible protección. Un par de controles militares.

En Mauritania hay unos cuantos controles militares en la rutas. Es altamente recomendable llevar una planilla con los datos de los pasajeros y del coche, destino y motivo del viaje, fecha de entrada al país. Esa panilla la hace uno mismo, te ahorra mucho tiempo y a ellos también, sino tienen que anotar todo esa información cada vez. Aparte ven que vienes preparado y se toman menos tiempo en revisarte. Parece muy controlador pero no está de más que se sepa quién fue el último que te vio pasar. Es más, en algunos controles ya sabían que pasaríamos por ahí porque les habían avisado los de controles previos. Quieras o no, en pleno desierto, eso da un poco de seguridad.

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Desde la frontera tomamos una ruta recta que termina en un cruce con la Ruta Nacional 2 (N2). A la izquierda y a unos 435 kms. está Nouakchott, capital del país. A la derecha, a 45 kms, Nouadhibou, ciudad donde pararemos a descansar seguramente un par de noches.

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